sábado, 21 de octubre de 2017
Santiago
Me duele, de una forma profunda tu muerte, porque no es solo tuya es de todos, porque tú vida fue generosa y noble, te pusiste del lado de los olvidados, de los que siguen gritando desde antes que la Argentina fuera Argentina. Porque éste país está manchado de sangre. Se leen y escuchan brutalidades, culpalos, son culpables por dejarse manipular, de estigmatizar al pobre, de sentirse más, de creer que tienen la verdad, de no entender que por respeto a la historia no pueden dejar pasar una muerte del estado. Todas las muertes duelen, pero la tuya nos dice que acá los ricos mandan intelectual y económicamente. Tu muerte podría haber sido la mía porque comparto tu misma humanidad, y me cuesta hablarte en pasado, porque de tanto ver esos ojos verdes parece que te conociera. Cómo me duele que no les duela tu muerte. Justicia.
domingo, 30 de julio de 2017
Beto
Plantamos cuatro árboles. Plantamos árboles que verán morir varias generaciones, como los gritos y risas que brotan de la casa.
En el último árbol mi papá dejo caer las cenizas de mi abuelo, en el árbol que resistió al otoño, así era él peleador, bueno y mentiroso. Siempre cargaba con una sonrisa llena de encanto, que levantaba sus grandes pómulos colorados en su piel manchada. Esa sonrisa le pesaba pero nunca dejaba de sonreír, a veces lo veía caminar triste con la mirada perdida, recordando anda saber qué pasado, con verdes ojos húmedos.
Tomábamos maté o maté cocido, acompañados de unos panes cortados en pedazos desiguales y rebanadas grotescas de manteca. Comíamos, nos reiamos, nos queríamos tanto.
Él me dió amor, ese amor que solo puede dar un abuelo, profundo, que hace que después de veinte años de haberle dado el último beso vuelva a llorar, porque lo extraño y quien no extrañaría ver esa sonrisa que mostraba una boca llena de dientes postizos, llena de historias, llenas de mentiras, llena de palabras sin decir, esa sonrisa que él me regalaba cuando todo estaba mal, extraño tanto esa sonrisa que en primavera dará sombra.
E.T
En el último árbol mi papá dejo caer las cenizas de mi abuelo, en el árbol que resistió al otoño, así era él peleador, bueno y mentiroso. Siempre cargaba con una sonrisa llena de encanto, que levantaba sus grandes pómulos colorados en su piel manchada. Esa sonrisa le pesaba pero nunca dejaba de sonreír, a veces lo veía caminar triste con la mirada perdida, recordando anda saber qué pasado, con verdes ojos húmedos.
Tomábamos maté o maté cocido, acompañados de unos panes cortados en pedazos desiguales y rebanadas grotescas de manteca. Comíamos, nos reiamos, nos queríamos tanto.
Él me dió amor, ese amor que solo puede dar un abuelo, profundo, que hace que después de veinte años de haberle dado el último beso vuelva a llorar, porque lo extraño y quien no extrañaría ver esa sonrisa que mostraba una boca llena de dientes postizos, llena de historias, llenas de mentiras, llena de palabras sin decir, esa sonrisa que él me regalaba cuando todo estaba mal, extraño tanto esa sonrisa que en primavera dará sombra.
E.T
miércoles, 24 de mayo de 2017
Feriado
Me gusta escribir acá, en un papel de mentira, sin lectores, me gusta escribir a escondidas, escribír lo que se me venga en gana, no respetar la gramática y hacerme la dramática, rimar y que suene mal, no ser ni poesía, ni prosa, me gusta que el texto me pida un punto y simplemente, no dárselo, que el gerundio moleste y así y todo no lo saque, me gusta escribir porque me siento desnuda, en una comodidad que incómoda a los otros, porque no están acostumbrados a ver culos sin retoques, ni pensamientos que no estén escritos en 140 caracteres. La repetición abruma, como si una palabra que se repite fuera más molesto que esas acciones que no se pueden dejar de repetir, haciendo arder narices, haciendo lo que hay que hacer mientras el pecho duele, como si dentro al verdadero ser le molestara ser simplemente lo que tiene que ser y así recibir felicitaciones de algún infeliz que no sabe qué hacer con esa vida que le pesa.
Acá escondida en la inmensidad escribo, libre sin que me corrijan.
E.T
Acá escondida en la inmensidad escribo, libre sin que me corrijan.
E.T
lunes, 2 de enero de 2017
Momentos
Quise dejar de escribir, me juré no volver hacerlo. Es malo
escribir, hace mal.
Cuando escribís tenes que publicar, cuando escribís tenes
que exponerte de tantas formas como la difusión lo requiera. Unirte al vacío de las nefastas redes sociales,
que solo venden humo y masturban egos que no saben vivir para adentro. Cuando escribís
tenes que hacer cosas de escritores y a mí me hace mal, porque no soy
escritora, simplemente me gusta escribir, escribo sin pretender que me lean,
escribo sin la intención de salvar en mundo en palabras altruistas, porque bien
sé que solo las acciones escriben cambios, las palabras solo engrandecen egos
de pitos chicos y conchas frígidas.
Pero resulta que no puedo dejar de escribir, porque cuando
escribo me pierdo en las ideas y en mis intenciones, nunca sé en qué voy a
terminar y soy libre en las palabras, en las relación caótica de sus
significados, soy libre porque no pretendo aceptación, solo hacer lo que amo,
escribir.
E.T
martes, 29 de marzo de 2016
Otoño sin bufanda
Un trauma que reprimí con tanta
eficiencia que borre casi por completo,
me guarde algún recuerdo solo para no olvidar torturarme, la consecuencia miedos,
propios, ajenos e inventados, los juntaba como quien junta hojas en otoño, con
la inconciencia propia de una nena que puede quedar tapada entre hojas secas y
no ver que pronto llegará la primavera.
Ese sentimiento que poco tenía
que ver conmigo se supo virilizar en
todas las decisiones de mi vida, generando miedos de todo tipo que se volvió un
miedo Frankenstein que supo recolectar a todos mis muertos, tan agresivo que un día me quiso matar. Entonces
decidí escapar de mí, dejar de ser yo y cambiar mi nombre, abandonar mis
amores, quemar mis libros y esconderme en otra persona. En la que apenas podía
entrar, era muy incómoda, demasiado chica, pero era un lugar seguro ahí no me
iba a encontrar. No me iba a matar. Pero resulta hay sentimientos que uno no
puede abandonar, ni escapar, son tan brillantes, hacen ruido y estallan como
bombas de identidad, que gritan para que escuche. No tienen miedo, y es un
problema eso, porque empiezo a crecer y me
empiezo ahogar en mi escondite. No puedo respirar. No hay lugar. No entro. Puedo morir ahogada. Abro apenas la
puerta para tomar aire, pero recuerdo que del otro lado está todo aquello que me
puede matar, pero sí de todos modos voy a morir sería una pena que muera siendo
otra persona.
E.T
jueves, 31 de diciembre de 2015
MODELO VIVO
Una mujer posa desnuda, quieta e imperfecta mientras ojos ajenos la
invaden, se detienen en las sombras que su cuerpo crucifica a contraluz.
La música me desaprovecha porque no me cuenta nada, ritmos constantes y
ruidos que se vuelven la voz que empieza a retumbar en mi pecho. Poco a poco
todos se pierden en papeles, en la representación de la realidad, en la mentira
de las percepciones, dibujan apresurados, aferrados al recreo de la estructura
donde no hay lugar para el occiso.
No miro, no escucho, no habló, solo escribo, lo que mis manoseados
sentidos me dejan captar.
El olor a marihuana me da ganas de llorar, me muerde el pecho masticando
un cacho de nostalgia, me lleva sin consentimiento a los años de bicicleta,
plazas, sahumerios y libros, a los veinte años cuando solía salvar al mundo en
mis discursos y la inconciencia me dejaba ser idealista.
Estoy tan lejos de quien solía. Abrazo los recuerdos, a mis errores, a
esas cosas que desearía que no hubieran pasado y al azar que me lleno los pechos
de leche y la vida de una inocente carcajada.
Mientras tanto mientras tanto en las hojas descansa la mujer vestida de
acuarelas, reinventada y virgen.
E.T
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